De chica soñaba con ser neonatóloga, pero había un deseo todavía más profundo: ser mamá. A los 27 años ya tenía tres hijas y, a los 43, llegó la cuarta. Medicina quedó para otra vida, pero nunca se fue mi curiosidad por el ser humano.
La psicología siempre me había interesado y, aun mucho antes de formarme, solía ser esa persona a la que otros elegían para contarle lo que les pasaba.
Con mis hijas todavía pequeñas estudié Grafología. Encontré allí una puerta fascinante hacia el conocimiento de la personalidad y una herramienta capaz de acercarnos a aspectos de nosotros mismos que muchas veces no reconocemos fácilmente.
Después llegó el Counseling, desde una mirada humanista-existencial, y finalmente la Licenciatura en Psicología, que amplió mis recursos para acompañar conflictos humanos más complejos y se convirtió en mi principal actividad profesional.
Nunca sentí estas disciplinas como compartimentos separados ni como respuestas absolutas. Las entiendo como distintos caminos de acceso al ser humano. Me interesa integrarlas respetuosamente con otros recursos que puedan ayudarnos a encontrarnos, reconocernos, comprender nuestra historia y, también, sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos y que no siempre podemos explicar.
Para mí, el vínculo terapéutico es un encuentro profundamente humano, fascinante y transformador. Y la grafología, después de tantos años, continúa sorprendiéndome por todo lo que un gesto aparentemente tan pequeño puede revelar.